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dimecres, 2 de setembre del 2015

LA FAMÍLIA DE JESÚS...







JESÚS Y SU FAMILIA EN LOS EVANGELIOS

Una relación conflictiva y superadora

EVARISTO VILLAR, teólogo,
ECLESALIA, 03/09/15.- En la cultura y espiritualidad cristina domina, en general, el monolitismo referente a la familia. Se habla de la “familia cristiana” como institución unívoca que prolonga la familia modélica de Jesús. Pero, a la luz de los evangelios, ¿fue tan modélica la familia de Jesús?
1.     El conflicto en la familia de Jesús
Entre la extrañeza por las obras que hace y el poco aprecio de sus paisanos por la humildad de su origen, los tres evangelios sinópticos dejan constancia de la familia nuclear de Jesús: “¿No es este el carpintero [Mt 13,55 dice “el hijo del carpintero, y Lc 4, 22, del “hijo de José”], el hijo de María  y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas con nosotros”, Mc 6,3?[1]
Como atestigua Lucas en el libro de los Hechos 1, 14, parte de esta familia se encuentra en la naciente Iglesia después de la pascua. Santiago, a quien se conoce como “hermano del Señor” (Gal 1,9), presidió la Iglesia madre de Jerusalén  (Hch 15,13), y, junto a Pedro y Juan, “dio la mano”  a Pablo y Bernabé cuando tuvieron que  acudir a Jerusalén para dar cuenta de su predicación entre los gentiles (Gal 2,9). Este dato se mantiene también durante el s. II en la tradición extracanónica[2].
Pero, contrariamente a esta aparente “armonía familiar”,  los evangelios sinópticos,  más pegados al tiempo real de Jesús,  dan algunas noticias sobre el comportamiento de la familia de Jesús antes de la pascua. Y no son precisamente apologéticas. Reflejan grandes tensiones entre Jesús y sus familiares. Una relación nada armónica que va desde el escepticismo que refleja el evangelio de Juan (“es que ni siquiera sus hermanos creían en él”, Jn 7,5) hasta el conflicto,  como veremos a continuación. El modo extraño de comportarse Jesús acaba rompiendo la armonía de la familia que llega a pensar que padece “trastorno mental”. Y, para salvar ante el pueblo su reputación, la familia se siente en la obligación de recluirlo.
La escena que cuenta Marcos Mc 3, 21-31, seguido de Mateo y de Lucas, es paradigmática. Jesús está en casa de Pedro y una multitud, descontenta con el sistema (“no podían ni comer”) se apiña a su entorno. Pero  “al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio… Llegó su madre  con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar”.
La fama de la familia, en especial de María, su madre, está en entredicho. “El hijo sensato, como rezaba el refrán popular, es alegría del padre, pero el hijo necio es pena para la madre” (Prov 10,1). En una sociedad agraria como aquella, el reconocimiento de la madre está en el número y valía de hijos varones; pero el fracaso de estos acarrea también el fracaso de la madre. Por esta razón han venido su madre y sus  hermanos para retornarlo a la cordura familiar.
Entre la multitud, sentada en semicírculos a los pies de Jesús, alguien le pasa el aviso: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera”. Ni siquiera entran para no hacerse cómplices de sus extravíos. Sin inmutarse, Jesús reacciona con una pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” A nadie, y menos a su madre, le podía dejar buen estómago esta respuesta. Si no fuera por la aclaración que, después de observar la reacción del auditorio, él mismo hace, cabría pensar en una grave desconsideración con su familia y hasta de una humillación pública de su madre. Pero no parece ser esa la intención de Jesús. En su respuesta deja claro que lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto. “Mi madre y mis hermanos, dice, son quienes se ponen en camino  para hacer lo que Dios anhela”. La participación en el Reino de Dios,  viene a decir, no se funda tanto en la sangre o la carne, representada allí por su madre, cuanto en el proyecto de fraternidad que constituye a la gente por igual en  hermanos y hermanas.
Reforzando esta escena emblemática de la casa de Pedro —pero ahora sin la presencia de los familiares directos—  está esta otra que narra exclusivamente Lucas en 11, 27-28. Para todo el mundo es notorio que el establishment judío no soporta de buen grado la transformación física y mental de la gente que sigue y oye los discursos de Jesús. El poder oficial le acusa de magia por la terapia que practica y le exige señales del cielo para acreditar  el origen divino de sus poderes. En estas, una mujer que lo viene siguiendo y conoce perfectamente el bienestar y la esperanza que infunde en las masas, grita mirando a Jesús y contra la ceguera de los dirigentes: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no la desmiente, pero aclara en seguida  que la dicha, aun de esa madre afortunada,  no está tanto en la vinculación natural con él, sino en la fidelidad de ambos al proyecto global de Dios: “Dichosos, mejor, los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen”.
Mantener estos datos conflictivos,  contra la poderosísima tendencia de esa primera época cristiana a convertir a Jesús en leyenda y objeto de culto es, a juicio de Gerd Theissen,  profesor de Nuevo testamento en Heidelberg, un buen indicio de su  historicidad[3].
2.     Apuntando directamente a las causas
El extraño comportamiento de Jesús con su madre y sus hermanos apunta directamente a las causas: su modelo de familia, como luego veremos, no coincide con el que ellos representan. El de Jesús es justamente la alternativa a la familia patriarcal. Frente a la dependencia y sumisión de la primera, Jesús apuesta abiertamente por la autonomía y la igualdad en las funciones y en los sexos. Veamos algunos ejemplos paradigmáticos:
. El referente a la paz y la espada, en Lc 12 51-53: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra”. La decisión a favor o en contra de Jesús está causando, en las comunidades de Lucas, una división profunda en el seno de las familias. No hay paz, sino guerra porque, en el fondo, se están enfrentando dos proyectos alternativos, el de la verticalidad patriarcal y el de horizontalidad del proyecto de Jesús. Y todo esto se manifiesta tanto en el conflicto generacional que enfrenta a los hijos con los padres  como en el conflicto de género que rompe la dependencia de las mujeres frente a los varones.[4]
. Odiar a la propia familia (Lc 14, 26). La expresión, para nuestra sensibilidad, resulta hiriente. No nos está permitido odiar a nadie y menos a la propia familia. Tampoco, así como suena, encaja bien en el pensamiento real de Jesús. Este aparece más certeramente expresado en este dicho a propósito de los enemigos: “Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 43). Los paralelismos con otros lugares del Antiguo y Nuevo Testamento han inclinado a los exégetas a traducir el verbo griego “miseo” (odiar)  por “amar menos” o “amar más” (como en Mt 10,37). Las nuevas Biblias castellanas[5] entienden adecuadamente la opción alternativa por el seguimiento de Jesús al traducir este semitismo por “preferir”: ”Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre…”. Superado este semitismo, estamos,  como en el dicho anterior sobre la paz y la espada, ante la doble ruptura generacional y de género. Ante el peligro de convertir la familia en gueto privilegiado y clasista, excluyente de los extraños y frecuente foco de egoísmo colectivo y posesivo, Jesús ofrece un proyecto de familia abierta, levantada sobre la gratuidad y la universalidad[6].
. El divorcio o la igualdad del hombre y la mujer (Mc 10, 11; Mt 19, 8; Lc 16,18). Los tres evangelios sinópticos reflejan este dicho de Jesús. Pero, mientras Marcos lo acomoda a la mentalidad grecorromana, más liberal,  Lucas se mantiene más pegado a la tradición androcéntrica judía: “Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada comete adulterio”. Como afirma Dominic Crossan[7], Jesús no se opone directamente al divorcio, sino a la legislación judía que lo convierte en privilegio exclusivo del varón. En este contexto jurídico, contra el que Jesús reacciona, se rompe el proyecto ideal del Génesis 2, 24 que apunta a la constitución, desde el amor, de  un solo ser sin sometimientos ni dominios en la pareja. La ley judía está siendo injusta porque deshumaniza a la mujer y a toda la familia sometiéndolos al capricho y dominio del patriarca. El conflicto, una vez más, surge entre la igualdad que propugna el Reino y el sometimiento que vige en la familia patriarcal, reflejo, a su vez, del dominio de la clase dominante sobre el pueblo.
3.     La alternativa de Jesús o la familia Dei
El tipo de familia que propone Jesús es en definitiva una respuesta  crítica y, a la vez, una propuesta  alternativa al modelo patriarcal vigente. Surge como reacción espontánea a la provocación ética  que está generando  la realidad sociopolítica y religiosa de la Galilea de su tiempo.  Una realidad impuesta desde el poder que está dejando fuera de las instituciones oficiales a mucha gente. No podía ser nunca bueno un sistema que ignora y excluye a la mayoría social. Y la familia androcéntrica y  patriarcal,   que reproduce en el espacio doméstico este mismo desajuste social, es, por este motivo, rechazable. La alternativa de Jesús apuesta por una forma de articulación  social que, invirtiendo el (des)orden establecido por las instituciones oficiales del imperio y del templo, comienza desde abajo, desde las víctimas que estas  mismas instituciones están creando. Su propuesta o tipo de familia que Jesús propone y pone él mismo  en marcha se concentra en lo que él mismo consideraba  la familia Dei[8]. En esquema, se reduce a las dos claves siguientes:
Frente a la familia patriarcal fundada sobre la propiedad de los bienes y de las personas que se convierte en un sistema cerrado, excluyente,  y frecuentemente posesivo, el nuevo proyecto se levanta sobre la sociabilidad y la gratuidad de los bienes y las  personas,  abierto a la inclusión y la  universalidad. Y frente a la verticalidad que se impone desde  arriba y reproduce  el viejo (des)orden de autarquía y sumisión,  Jesús propone un nuevo tipo desde abajo que se levanta desde la autonomía e igualdad de todos los miembros. Al poder monárquico y absoluto de la figura del padre que todo lo somete y domina  se opone la toma de conciencia de la igual dignidad desde la que todas y todos son hermanos: “vosotros,  en cambio, no llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro “Padre”: el del cielo” (Mt 23, 9).
De entre la multitud de gente que lo seguía, algunas personas se comprometen con el nuevo modelo. Provienen desde distintas situaciones. Un colectivo amplio lo constituyen los que nada tienen, víctimas del sistema; otros lo hacen por vocación.
El primer grupo lo constituyen los que Holl calificó de “malas compañías”, es decir,  los pobres y mendigos, los sin hogar y sin tierra, desarraigados y siempre en camino.  Entre los segundos se cuentan los que, por opción, han dejado casa, hacienda o familia. Unos y otros van creando en torno a Jesús círculos de pertenencia de forma espontánea., desde los “meros oidores de su palabra” y los discípulos y discípulas que lo siguen de forma itinerante entre las aldeas hasta los mismos labradores que ponen su casa y sus bienes a disposición de los que anuncia un nuevo estilo de vida, el del Reino de Dios.
Una reflexión final
Pretender trasladar la realidad de hoy al evangelio y querer descubrir en él la presencia explícita de todos y cada uno de los tipos de convivencia que hoy se dan,  es, quizás, demasiado artificial. Pero tampoco sería correcto dejar tanta vida fuera del evangelio.
Hay, a mi modo de ver, dos instancias  desde las que todos estos tipos de familia entran por la puerta grande en la nueva Familia de Jesús o Familia Dei: desde la situación de exclusión, rechazo y marginación de la que—si no jurídicamente en algunos países— están siendo objeto sociopolítica y religioso-culturalmente en la “buena sociedad” y en las viejas iglesias. Son ellos hoy aquellas  “malas compañías” de las que quiso rodearse Jesús en su día. Esto en primer lugar. Y, luego, desde el principio del amor, omnipresente en todos los rincones de los evangelios[9]. También hoy se puede  oír la propuesta de Jesús: “amadlos como yo los he amado” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

dilluns, 17 d’agost del 2015

RITUALS





La fuerza de los rituales religiosos
13.08.15 |
Es un hecho que Jesús instituyó la eucaristía en una cena. Y es también un hecho que los cristianos celebramos la eucaristía en una misa. Una cena es una experiencia humana. Una misa es un ritual religioso. Lo que nos está diciendo, en un asunto tan central como éste, que - en el cristianismo, al menos, y sin duda alguna -, cuando está en juego nuestra relación con Dios, los rituales religiosos han tenido (y siguen teniendo) más fuerza que la experiencia humana, incluso cuando se trata de una experiencia tan importante como es la experiencia de comer y beber. Comer y beber compartiendo mesa y mantel con quienes decimos que son nuestros “hermanos”. Esto no es una teoría. Es un hecho.
¿Por qué, en un asunto que es capital para personas creyentes, los rituales religiosos se superponen a la experiencia humana y son más determinantes que lo humano, incluso más decisivos que la vida misma, en tantos casos y en tantos asuntos que son fundamentales para la felicidad o la desgracia de muchas personas? Y conste que, al hacer esta pregunta, no estamos imaginando situaciones extravagantes ni sucesos poco frecuentes. Nada de eso. Esta cuestión se refiere a cosas tan normales y tan presentes en la vida de cualquiera, que, si empezamos por los evangelios, los constantes conflictos, que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de su tiempo, se referían casi todo ellos, de una forma o de otra, precisamente a este problema. Si curaba a los enfermos en sábado, si comía con gente de mala fama, si dejaba de observar los ayunos que imponía la religión, si no practicaba los rituales purificatorios antes de las comidas, si no mantenía la debida compostura y respeto en el templo, en definitiva, en todos estos casos nos encontramos siempre con el mismo asunto. Un asunto que Jesús formuló en la tremenda pregunta que hizo cuando, un sábado, curó a un manco en la sinagoga: “¿Qué está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar?” (Mc 3, 4). O sea, ¿qué es lo primero: someterse al ritual del sábado o hacer feliz la vida de un enfermo? En definitiva, ¿lo más importante es el ritual religioso o la experiencia humana?
Y no pensemos que este tipo de historias se presentaron en la vida de Jesús y, con Jesús, se acabaron tales historias. Todo lo contrario. Con el paso del tiempo, el problema se fue agigantando. Entre otras cosas, porque sabemos que este asunto está presente en todos los rincones del mundo. Donde hay religión y, con ella, hay dirigentes religiosos, allí está el problema. En la historia del cristianismo, el desastre ha sido brutal. Desde las guerras de religión, las cruzadas y la inquisición, pasando por el colonialismo y acabando con el integrismo de los fundamentalistas, católicos o herejes, cristianos o musulmanes, a fin de cuentas lo mismo da. Además, el mismo problema está presente todos los días y por todas partes: en los matrimonios divorciados que no pueden acercarse a comulgar, en los homosexuales que se ven despreciados hasta en su propia casa, en los matrimonios rotos, en los amores imposibles, en la vida sexual de tantas gentes, ¿qué sé yo?
Esto es una historia interminable. Y siempre tropezamos en la misma piedra. La piedra de algún extraño ritual religioso, que, en el fondo, lo que nos está recordando es que, por encima de lo humano, hay algo que es más fuerte que lo humano, y a lo que lo humano - nos guste o no nos guste - se tiene que someter siempre. Y si no te sometes, te atienes a las consecuencias. Unas veces, porque tendrás que arrastrar, durante toda tu vida, el pesado lastre de la mala conciencia. Otras veces, porque te verás rechazado por la familia, los amigos, la sociedad.... Y en otros casos, porque, a fuerza de pasarlo mal, terminarás siendo carne de confesionario o del despacho de un psiquiatra, teniendo además (tantas veces) que ocultar celosamente en el armario lo que resulta socialmente impresentable.
¿Hay derecho a que la vida sea así? ¿Es tolerable que, por estas cosas, nos llevemos frecuentemente como perros y gatos, teniendo que ocultar en nuestra intimidad secreta muchas cosas que nos hacen sufrir inútilmente y sin pies ni cabeza?
Y como es lógico, siempre acabamos en lo mismo: si Dios es Dios, ¿cómo permite estas cosas? ¿cómo puede querer estas cosas? ¿cómo y por qué no hace aguantar estas cosas?
Seguiré con el tema. Pero, antes de seguir con este desagradable asunto, sólo un par de preguntas: ¿Es Dios el que quiere, provoca o permite todo este asombroso embrollo de oscuridades, miedos y tormentos? Y si no es Dios, ¿son sus representantes en la tierra (curas y rabinos, imanes y bonzos, chamanes y profetas...) los que lo provocan porque les conviene?
Continuaremos con el tema. 
 
 
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La fuerza de los rituales
14.08.15 | 
Lo primero, lo más elemental, en el problema planteado a propósito de los rituales religiosos, es tener muy claro que no es lo mismo hablar de Dios que hablar de la religión. Dios es el fin último que podemos buscar o anhelar los mortales. La religión es el medio por el que (y con el que) intentamos acercarnos a Dios o relacionarnos con él. Por tanto, Dios no es un elemento más, un componente más (entre otros) de la religión.

Por otra parte - si intentamos llegar al fondo del problema -, Dios y la religión no se pueden situar en el mismo plano. Ni pertenecen al mismo orden o ámbito de la realidad. Porque Dios es el Absoluto. Y el Absoluto es el Trascendente. Es decir, Dios se sitúa en el orden o ámbito de la “trascendencia”. Mientras que todo lo que no es Dios (incluida la religión) es siempre una realidad que se queda “aquí abajo”, o sea en el ámbito de la “inmanencia”. 
Todo esto quiere decir que “ser trascendente” significa “ser inabarcable” o “ser inconmensurable”. Es decir, Dios no está a nuestro alcance. Por tanto, Dios no es una realidad “cultural”. En tanto que la religión es siempre un producto de la cultura. Otra cosa es las “representaciones” que los humanos nos hacemos de Dios. Pero eso ya no es “Dios en Sí”, sino nuestra manera (culturalmente condicionada) de representarnos al Trascendente. 
Hecha esta disquisición, que me parece indispensable, tocamos ya las cuestiones que nos interesan más directamente en esta reflexión. Ante todo, es importante saber que, en la larga historia y prehistoria de la religión, lo primero no fue el conocimiento y la experiencia de Dios, sino la práctica de rituales de sacrificio (así, por lo menos, desde E. O. Wilson, incluso ya antes Karl Meuli). De forma que abundan los paleontólogos que defienden que, desde el paleolítico superior, hay huellas claras de este tipo de prácticas rituales (W. Burkert, H. Kühn, P. W. Scmidt, A. Vorbichler). 
Si bien hay quienes piensan que los rituales religiosos relacionados con la muerte se inician a partir del mesolítico (Ina Wunn). En todo caso, se acepta la convicción que ya propuso G. Van der Leeuw: “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (K. Lorenz, W. Burkert). Lo que es comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos trasciende y no está a nuestro alcance, como lo están los rituales religiosos.
Así las cosas, es un hecho que los rituales religiosos, en sus más variadas formas, están más presentes en cada ser
humano, ya desde la infancia, que la claridad y la profundidad en la relación con Dios
. Dicho más claramente, creo que no es ninguna exageración afirmar que, tanto en los individuos como en la sociedad, están más presentes los rituales y sus observancias que Dios y sus exigencias.
O sea, en la vida de muchos (muchísimos) creyentes, están muy presentes los rituales religiosos y la observancia de los mismos. Mientras que la firmeza, la cercanía y la fiel escucha de Dios es un asunto que son también muchos (muchísimos) los creyentes que no tienen eso resuelto debidamente. Lo que lleva consigo, entre otras cosas, una consecuencia de enorme importancia. Una consecuencia que consiste en que, con demasiada frecuencia, en la conducta de muchas personas se divorcian la observancia de los ritos sagrados, por una parte, y la fidelidad a la honestidad, la honradez y la bondad ética, por otra parte.
Y entonces, nos encontramos con un hecho que lamentamos muchas veces. Me refiero al hecho de tantas personas que son fielmente observantes y religiosas, pero al mismo tiempo son personas que dejan mucho que desear en su conducta ética.

¿Cómo se explica esto? El comportamiento religioso consiste en la fidelidad a la observancia de los rituales sagrados. Pero ocurre que los ritos son acciones que, debido al rigor de la observancia de las normas, se constituyen en un fin en sí (G. Theissen, B. Lang, W. Turner). Y, entonces, lo que ocurre es que el fiel observante del ritual se tranquiliza en su conciencia, se siente en paz consigo mismo, se libera de posibles sentimientos de culpa o de miedos que adentran sus raíces en el inconsciente, al tiempo que la conducta ética, con sus incómodas exigencias queda desplazada.
Y el sujeto se siente en paz con su conciencia, con sus semejantes y con Dios. En lo que he intentado explicar aquí, radica (según creo) la clave para comprender el conflicto de Jesús con los hombres más religiosos y observantes de su tiempo. Es notable que, por lo que narran los relatos evangélicos, Jesús no tuvo enfrentamientos ni con los romanos, ni con los pecadores, los samaritanos, los extranjeros, etc. Los conflictos de Jesús se produjeron precisamente con los más fieles cumplidores de la religión: sumos sacerdotes, maestros de la Ley y fariseos
¿Por qué precisamente con estas personas y no con los alejados de la religión y sus rituales? Jesús fue un hombre profundamente religioso. Pero Jesús vio el peligro que entraña la fiel observancia de los ritos de la religión. ¿Qué quiere decir esto? Jesús no rechazó el culto religioso. Lo que Jesús hizo fue desplazar el centro de la religión. Ese centro no está ni en el templo y sus ceremonias, ni en lo sagrado y sus rituales.
El centro de la experiencia religiosa, para Jesús, está en hacer lo que hizo el mismo Dios, que se “encarnó” en Jesús. Es decir, Dios se humanizó en Jesús. Dios está presente en cada ser humano, sea quien sea, piense como piense, viva como viva. Sólo reconociendo esta realidad sorprendente y viviéndola, como la vivió el propio Jesús, sólo así estaremos en el camino que nos lleva al centro mismo de la religiosidad que vivió y enseñó Jesús.
¿En qué consiste, entonces, el culto a Dios? La carta a los hebreos lo dice con tanta claridad como firmeza: “No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios” (Heb 13, 16). Que no es sino la fórmula tajante que plantea el autor de la carta de Santiago: “Religión pura y sin tacha a los ojos de Dios
Padre, es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo” (Heb 1, 27). 














JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS

Carta a un amigo del PP
José Ignacio González Faus

08.08.15 |
Aunque hemos discutido muchas veces, damos la vuelta al dicho aristotélico: “amicus Plato, magis amica veritas” y, como hoy ya nadie sabe dónde está la verdad, preferimos decir que “la verdad es amiga, pero el amigo mucho más” (aunque no sea Platón). Esto me ha llevado a pensar que quizá la mayor dificultad que tenemos para entendernos está en el vocabulario. Déjame que te ponga varios ejemplos:
1.- “Hacer reformas”. Para vosotros significa quitar posibilidades a los más pobres para dárselas a los más ricos. Para mí eso no son reformas sino pasos atrás. Podrías haber dicho aquello de la Thatcher de que “no hay alternativa”. Pero llamar reformas a eso…
2.- Habéis anunciado una bajada de impuestos “proporcional”. Esa proporcionalidad consiste en que, si ganas 15000 € al año te rebajarán 60. Mientras que si ganas 30.000 te rebajarán 205. Y si ganas la friolera de 150.000 euros anuales se te rebajarán 2593. Tendríais que haber dicho que era una bajada “inversamente proporcional”. Si no, la impresión que dais es que medís la proporción no de acuerdo con las necesidades de las personas sino de acuerdo con vuestros votantes más seguros o más dudosos. Y reconocéis que vuestros votantes están casi sólo entre quienes ganan más.
3.- “Estamos aquí para defender la libertad”. Y resulta que estáis aquí para imponer una “ley mordaza” que impide fotografiar al policía que esté maltratando a un ciudadano, o manifestarse ante el Congreso, parar un desahucio, o las sentadas y otras cosas así. Otra vez me suena a que “estamos aquí para defender la libertad de los nuestros”, no la de todos los ciudadanos que ni siquiera merecen ese nombre, porque tienen la osadía de no votarnos.
4.- El PSOE “traiciona su vocación de centralidad”. Déjame decirte que, desde que Aznar lanzó el eslogan aquel de girar al centro estáis llamando “centralidad” a lo que otros llaman extrema derecha y legado franquista. Como si dividierais al país entre vosotros (que sois el único centro) y todos los demás que son de extrema izquierda, comunistas, venezolanos, arribistas, radicales y toda esa ralea. 








5.- La ministra de trabajo, cuando se le dijo en las Cortes que el empleo que se está creando y del que tanto presumimos, es en realidad un subempleo muy mal pagado, respondió que eso de los salarios no es cosa del gobierno sino de los empresarios. Si entiendo bien, eso significa que el PP no se considera autorizado a intervenir en la cuestión social, salvo si es a favor del capital, nunca a favor del obrero. Porque, de hecho, no procedisteis así a la hora de imponer la injusta ley de reforma laboral, acabar con los convenios colectivos y demás etcéteras..
6.- Cuando atacáis a nuevos partidos porque “quieren llevarnos a Grecia o a Venezuela etc. etc.”, ¿estáis sugiriendo implícitamente que el papa Francisco también quiere llevarnos allí?. Una vez oí a un gran ricachón “es mejor que unos sean ricos y otros pobres, que no que todos sean pobres”. Y ¿no piensas que lo mejor sería que no hubiese ni ricos ni pobres?
7.- “Somos un gran país” suele repetir nuestro presidente. Apenas tenemos un premio Nobel en materias de ciencia, medicina o pensamiento; pero tenemos un historial mucho más glorioso en la Champions League o en tenis, baloncesto y demás deportes. Me pregunto entonces si vuestro ideal no será un país de analfabetos, que deje todo lo que huele a cultura en manos de los ricos. Porque esos dos grupos (los millonarios y los analfabetos) son los más conservadores en todas las sociedades: unos en defensa propia y otros porque no conciben que las cosas puedan cambiar…
8.- Otra cosa que no consigo entender es que nuestro presidente afirme sin inmutarse que han perdido votos por la corrupción y “el martilleo de las televisiones sobre ese tema”. Después del tsunami de la Gurtel, Bárcenas, la caja B, la financiación ilícita y la Púnica… ¿quería de veras decir el sr. Rajoy que las televisiones deben dedicarse a hablar del Barça y dedicar a esos otros temas un rinconcito en letra pequeña, sin insistir tanto?... No puedo aceptar eso porque significaría que cuando decís: “no hemos sabido comunicar bien”, estáis queriendo decir que no habéis sabido mentir bastante
9.- Y ya ves que no toco el tema de Cataluña porque ahí al menos, vuestro lenguaje es coherente con vuestra actuación. Otra cosa será si ése es el mejor modo de actuar.
10.- Y lo que me deja más perplejo es por qué (si creéis que hacer lo que debéis hacer) cuando llegan las elecciones cambiáis de lenguaje y hasta os mostráis “dispuestos a cambiar la constitución”, tras cuatro años de oposición a un cambio de ese tipo…
Tú me tachas de iluso y de ingenuo. Estaría dispuesto a reconocerlo si luego vuestro lenguaje mostrara una clara conciencia de que vais llenando de víctimas las cunetas de la historia, porque no hay otra manera de progresar. Si reconocierais eso, entonces discutiríamos si vale la pena o si es inmoral semejante progreso. Pero si creéis que ése es un progreso limpio, permíteme que disienta otra vez de ti por razones éticas, aunque tú creas que son razones ilusas.
Y no pienses que hablo así para quitarle votos al PP. Más bien creo que, si pierde las próximas elecciones, quizá tenga una grandísima suerte. ¿Por qué? Pues porque bastantes economistas de prestigio anuncian otra próxima crisis para dentro de poco tiempo (T. Piketty llega a sugerir que las crisis periódicas son intrínsecas a nuestro sistema y más seguras cuanto mejor funciona el mercado). Este pronóstico parece más verosímil para España porque nuestra recuperación no se ha hecho reconfigurando la economía sino volviendo otra vez a la construcción y al turismo, que son bastante propensos a eso de las burbujas y pinchazos.
¡Qué gustazo pues si, dentro de unos meses, volvemos a vernos en crisis y el PP puede llenarse la boca gritando aquello de que “han dilapidado la herencia que les dejamos”! Y si, gracias a eso, recuperáis el gobierno, podréis seguir desmontando el estado del bienestar, alegando que la culpa es de “la herencia recibida” y que, como dijo el señor Montoro: “la vida es dura” (para los que no nos votan, claro)… ¡Menuda suerte!.
Vale tío; y, a pesar de nuestras disensiones, un abrazo. 








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RAHOLA-DIOS
12.08.15 | 
 José  Ignacio  González  Faus

Bien, querida Pilar: no seré yo quien rompa esa tradición de nuestros intercambios. “Brillantes” decías tú. Quizá no tanto pero sí cariñosos. Y vamos a tu columna del pasado jueves santo, que oscilaba entre dos dioses: el “Dios de luz” y el del miedo.
1.- Yo no identificaría al primero con la razón porque cada día me sorprendo más de lo capaces que somos los humanos de poner esa joya de nuestra razón al servicio de las causas más irracionales (corrigiendo a Aristóteles, el hombre no me parece un “animal racional” sino un animal que racionaliza sus pulsiones). Quizá por eso Platón prefirió hablar del Dios de la belleza.
Pero ciertamente, el problema de la identidad de Dios es aún más serio e importante que el de su existencia. La obsesión de la Biblia contra la idolatría significa que creer en un dios falso o creer falsamente en Dios, es peor que no creer en Dios.
2.- El Dios del miedo evoca un verso de Lucrecio en su obra De rerum natura: el miedo creó a los dioses (“timor fecit deos”). Cuando el miedo nos hace creer en algún salvador nos aferramos a él hasta dejar de ser nosotros  y quizás ahogarnos con él. Pero hay otra fe resumible en la frase: la bondad encontró a Dios. Ahora ya no se trata de crearlo sino de descubrirlo.
Cuando descubres la Bondad con mayúscula, la primera consecuencia es que te desarma y ya no puedes agredir ni menos matar en nombre de Dios; ni podemos herir a nadie en nombre de nuestros diosecitos. La monstruosidad del estado islámico, de Boko-Haram (y, por honestidad, añadamos también: de la inquisición medieval) blasfema por sí misma contra el Dios al que dice defender. Jesús, en cambio, enseña: “amad a vuestros enemigos para que seáis hijos de vuestro Padre”. Y, según los evangelios, hay dos conductas que ponen fuera de sí a Jesús: oprimir al ser humano en nombre del dinero (el máximo enemigo de Dios, según Jesús), y oprimirlo en nombre de Dios: ese modo de ver le costó la acusación de blasfemo.
Por eso comparto contigo lo que tú decías casi como objeción contra la fe: “¿y si la trascendencia espiritual es un camino bifurcado que tanto puede llevar a la iluminación como al fanatismo?” Pues sí, querida Pilar: lo es. La Biblia expresa eso mismo diciendo que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza (“trascendencia espiritual”). Pero añade que esa imagen quiso ser igual a Dios, con lo que se destruyó a sí misma (“fanatismo”).
Desde entonces esa nuestra trascendencia espiritual lleva un virus mortífero que obliga a cuantos decimos creer en Dios a proceder con exquisito cuidado. Tanto que no me asusta decirte que creer en Dios es como llevar un explosivo en la mano: servirá para sacar de una cantera valiosas esquirlas del mejor mármol; pero será fatal si lo llevas descuidadamente y te estalla en las manos.
Ya hacia el siglo XVI los teólogos acuñaron la expresión “rabia teológica” (rabies theologica en latín), y decían que era la peor de todas las antipatías. De ella existen ejemplos hoy, a veces incluso en autoridades eclesiásticas. Y otras en algunas rabias idolátricas.
3.- Acabemos en la frase con que concluías tú la columna citada del pasado 2 de abril: ”al fin y al cabo, dudar sobre Dios es una forma de honrarlo”. Sí y no: depende de si dudar de Dios se identifica con dudar de la bondad.
Como intenté decirte el día en que hablamos en el local de CVX, hay una duda que sólo es huida cómoda (la de Pilatos), o desconfianza, como la de santo Tomás. Pero hay otra duda respetuosa que es la de quien sabe que él no merece aquello y por eso se pregunta “si será verdad tanta belleza”.
Al revés de Pilatos, esta otra duda acaba siendo apasionadamente respetuosa. En conclusión: el problema de Dios no consiste en afirmar o negar algo exterior a nosotros, sino en afirmar o rechazar la batalla por sacar siempre lo mejor de nosotros mismos. Si me dejas decírtelo, creo que en tu columna del pasado 17 de junio contra Teresa Forcades, faltaste al respeto y sacaste lo peor de ti. No te lo diría si no estuviese convencido de que todos tenemos nuestro lado peor y nuestro lado mejor y que, ante el Dios cristiano, las personas nos la jugamos no en si le afirmamos o negamos, sino en si sacamos eso mejor de nosotros, sobre todo frente a todas las víctimas y necesitados de esta tierra cruel.
Por eso tú y yo podemos seguir hablando fraternalmente de Dios, aunque disintamos en otras cosas: porque en la atracción de la Bondad, todas la personas podemos coincidir. De Dios no podemos decir nada, por válido que sea, que no contenga más mentira que verdad: eso enseñó el IV Concilio de Letrán. Sólo podemos saber que estamos ante un Misterio, enormemente sobrecogedor y enormemente acogedor. La fe en esa inmensa acogida es fuente de libertad, de radicalidad social, de paz y de sentido. Pero esa fe puede tenerla todo aquel que, aunque crea no creer en Dios, se decide seriamente a creer en la Bondad y el Amor. Un abrazo.